La IA amenaza el castillo del capital privado

El auge de la inteligencia artificial reabre el riesgo oculto

La advertencia lanzada desde Apollo no es una simple observación sobre el futuro del software. Es una señal de alarma sobre uno de los puntos más sensibles del mercado financiero actual: la valoración de miles de compañías no cotizadas en manos de fondos de capital privado y crédito privado. Si la inteligencia artificial empieza a erosionar de forma estructural el negocio de muchas empresas, entonces una parte de esos activos podría estar valorándose con criterios que ya han dejado de tener sentido.

El problema no se limita a una posible corrección de múltiplos. La cuestión de fondo es más seria. Algunas compañías que hoy figuran en cartera con valoraciones elevadas podrían ver cómo su modelo de negocio pierde relevancia en muy poco tiempo. En ciertos casos, el daño no sería parcial, sino total. Igual que la economía digital arrasó con numerosas empresas analógicas, la expansión de la IA puede desplazar a negocios enteros que todavía hoy siguen siendo tratados como si su posición competitiva estuviera intacta.

Los mercados cotizados ya están empezando a reflejar ese ajuste. No solo han sufrido empresas de software, también consultoras y otros grupos expuestos a tareas que pueden automatizarse o abaratarse con herramientas de inteligencia artificial. La diferencia es que, cuando una compañía cotiza en bolsa, el deterioro se ve enseguida en pantalla. En los mercados privados, en cambio, el ajuste puede tardar más en aparecer, aunque el riesgo sea igual o incluso mayor.

La liquidez marca la gran diferencia con la bolsa

Ahí es donde surge el verdadero problema para el inversor. Si un fondo tradicional mantiene posiciones en empresas que pierden atractivo por culpa de la IA, el partícipe aún conserva una salida razonablemente clara: vender. En cambio, en el capital privado esa opción apenas existe. Los activos no cotizan, no tienen un mercado continuo y las ventanas de liquidez suelen ser limitadas, inciertas y especialmente frágiles cuando el entorno se complica.

Eso significa que, si las valoraciones empiezan a parecer irreales, el inversor no podrá reaccionar con la misma rapidez. Como mucho, intentará salir a través de mecanismos secundarios, casi siempre con descuentos y en condiciones favorables para el comprador. Cuando el mercado detecta debilidad, la liquidez desaparece o se encarece. Lo que en teoría era una inversión sofisticada y de largo plazo puede convertirse en una posición atrapada, con escasa transparencia y menor capacidad de defensa.

La experiencia reciente en algunas áreas del crédito privado ha reavivado precisamente ese temor. En los buenos tiempos, la iliquidez se presenta como una característica asumible a cambio de rentabilidad. En los malos, se convierte en la principal fuente de angustia. Ese riesgo, muchas veces subestimado en la fase comercial, puede ser aún más relevante si la IA obliga a revisar a la baja el valor de muchas compañías mantenidas fuera de mercado.

La banca privada vuelve a quedar bajo sospecha

La reflexión también apunta al papel de quienes distribuyen este tipo de productos. Durante años, el capital privado ha sido vendido a clientes de alto patrimonio como una puerta de acceso a oportunidades exclusivas, alejadas del ruido de la bolsa y con una apariencia de sofisticación casi incuestionable. El problema es que esa narrativa puede ocultar riesgos muy concretos, empezando por la falta de liquidez y siguiendo por la dificultad de valorar con realismo negocios que no se enfrentan cada día al veredicto del mercado.

No hace falta que exista ilegalidad para que el resultado sea problemático. Basta con que la explicación de los riesgos haya sido incompleta, interesada o excesivamente amable. En demasiadas ocasiones, la lógica comercial pesa más que la conveniencia real del producto para el cliente. El incentivo sigue siendo colocar, cobrar comisión y mantener la maquinaria funcionando, aunque el encaje entre el producto y el perfil del inversor no siempre sea el óptimo.

La historia financiera ofrece demasiados ejemplos de cómo incluso inversores experimentados pueden bajar la guardia cuando el envoltorio es atractivo, el intermediario tiene prestigio y la propuesta llega envuelta en exclusividad. El capital privado no es comparable a fraudes históricos ni implica necesariamente malas prácticas, pero sí puede convertirse en otro episodio en el que la asimetría entre quien vende y quien compra quede al descubierto cuando el ciclo se tuerza.

La IA puede cambiar cómo se mira el riesgo privado

La gran cuestión es que la inteligencia artificial no amenaza únicamente a empleos concretos, sino también a empresas enteras. Y si eso ocurre, la revisión de valoraciones en el mundo privado podría ser mucho más dura de lo que hoy se asume. Lo preocupante no es solo que algunos negocios valgan menos, sino que muchos fondos sigan arrastrando criterios de valoración construidos para un entorno competitivo que ya no existe.

Eso obliga a replantear la forma en que se analiza el capital privado. Ya no basta con hablar de horizonte temporal largo, diversificación o acceso a compañías no disponibles en bolsa. También hay que preguntarse qué parte de esas carteras está expuesta a una disrupción tecnológica que puede deteriorar márgenes, eliminar barreras de entrada o dejar obsoletos determinados servicios mucho antes de lo previsto.

En ese contexto, la prudencia deja de ser una postura conservadora para convertirse en una exigencia mínima. Los fondos de capital privado pueden seguir teniendo sentido para determinados inversores muy cualificados, bien asesorados y plenamente conscientes de sus limitaciones. Pero en el entorno actual, marcado por la disrupción de la IA y por la creciente inquietud en torno a la liquidez, vender estos vehículos como si fueran una fuente casi natural de rentabilidad superior empieza a parecer una simplificación peligrosa. La verdadera prueba llegará cuando el mercado deje de aceptar valoraciones heredadas y obligue a comprobar cuánto de ese prestigio era realmente solidez y cuánto era solo relato.