La eurozona se frena y revive el miedo a la estanflación

La energía vuelve a golpear a una economía con cada vez menos margen

La actividad del sector privado en la eurozona ha perdido casi todo su impulso en marzo, una señal de que el encarecimiento energético derivado de la guerra en Oriente Próximo ya está teniendo un efecto directo sobre el crecimiento. El deterioro llega en un momento especialmente delicado, porque la economía del bloque ya avanzaba a un ritmo muy débil y disponía de poco margen para absorber un nuevo shock externo.

El índice compuesto PMI adelantado de la eurozona cayó hasta 50,5 puntos desde los 51,9 de febrero, su nivel más bajo en diez meses. Aunque el indicador sigue ligeramente por encima del umbral que separa expansión de contracción, el mensaje de fondo es claramente negativo: la actividad se está frenando con rapidez al mismo tiempo que aumentan las presiones sobre los costes.

Esa combinación es precisamente la que más inquieta a los mercados y a los bancos centrales. La inflación no está repuntando por un exceso de demanda o por un sobrecalentamiento interno, sino por un shock energético que al mismo tiempo erosiona el poder adquisitivo, presiona los márgenes empresariales y deteriora la confianza. En otras palabras, la eurozona vuelve a acercarse a un escenario incómodo en el que conviven crecimiento débil y precios al alza.

Los costes industriales y los plazos de entrega empeoran de golpe

Los detalles del sondeo muestran un deterioro mucho más fuerte de lo que sugiere el dato general. El índice de precios de manufacturas se disparó hasta 68,6 puntos desde 58,0, mientras que el componente de plazos de entrega se hundió hasta 40,9 desde 47,3. Esa combinación apunta a una conclusión clara: las empresas anticipan mayores retrasos en el suministro y una nueva oleada de encarecimiento de insumos.

La explicación está en el nuevo shock petrolero. Con el crudo acumulando una subida cercana a dos tercios en lo que va de año y con una vía clave de transporte energético prácticamente bloqueada, la factura se está trasladando ya al tejido productivo europeo. La energía más cara no solo encarece la producción industrial, también afecta al transporte, a la logística y a toda la cadena de costes.

Por eso varios países de la eurozona ya han comenzado a revisar sus perspectivas. Austria, Finlandia y Portugal, entre otros, han anticipado menores tasas de crecimiento en parte por el impacto del alza energética. El problema no es solo el encarecimiento actual, sino el riesgo de que el deterioro se prolongue y termine contaminando más componentes de la economía.

La demanda se debilita mientras el consumidor pierde confianza

El golpe no se limita al lado empresarial. Los hogares también empiezan a reflejar el desgaste. El encarecimiento del combustible reduce renta disponible y obliga a desviar gasto hacia necesidades básicas, dejando menos espacio para el consumo discrecional. Ese ajuste es especialmente sensible en una economía como la europea, donde el crecimiento reciente ya descansaba sobre una base bastante frágil.

En paralelo, la confianza del consumidor se ha deteriorado con fuerza, cayendo a su nivel más bajo desde finales de 2023 y registrando uno de los mayores descensos de los últimos años. Esta evolución encaja con la percepción de una economía que no entra en recesión abierta, pero que sí comienza a resentirse por varios frentes al mismo tiempo: energía, tipos de interés, comercio exterior y expectativas.

A ello se añade un segundo lastre: la debilidad exportadora. Incluso antes del estallido del nuevo shock energético, las ventas exteriores europeas ya mostraban señales de deterioro. Las exportaciones a Estados Unidos, China, Reino Unido y Japón registraron caídas, afectadas también por el ruido comercial y por la incertidumbre internacional. El resultado es una eurozona que ve enfriarse tanto la demanda interna como la externa.

El BCE afronta una presión más incómoda

El nuevo contexto complica todavía más la tarea del Banco Central Europeo. Normalmente, una subida de precios provocada por la energía podría ser tratada como un shock temporal. Sin embargo, el recuerdo del episodio inflacionario de 2021 y 2022 pesa mucho en los mercados, que ahora temen que una respuesta tardía vuelva a dejar a la institución por detrás de los acontecimientos.

El propio BCE ya ha advertido de que la inflación, estabilizada alrededor del 2 por ciento durante el último año, podría subir al menos hasta el 2,6 por ciento incluso en su escenario más benigno. Y los riesgos, según la lectura del mercado, apuntan a registros aún mayores si el conflicto se prolonga o si los cuellos de botella energéticos tardan meses en resolverse.

Mientras tanto, los tipos de mercado empiezan a recoger esa posibilidad y algunas hipotecas ya se encarecen. Ese endurecimiento financiero agrava aún más la presión sobre la renta disponible y sobre la inversión. La eurozona, que ya había entrado en 2026 con un crecimiento cercano al 1 por ciento, vuelve así a mostrar una fragilidad estructural que parecía contenida. No se trata todavía de una recesión, pero sí de una advertencia seria: el bloque se está quedando sin colchón justo cuando la energía vuelve a golpear con fuerza.