El Banco de España revisa su escenario central
El Banco de España ha actualizado sus previsiones macroeconómicas para 2026 con un diagnóstico más exigente sobre la evolución de los precios y una ligera mejora en la actividad. En su primer análisis tras la escalada del conflicto en Oriente Medio, la institución eleva con fuerza su estimación de inflación para este año y la sitúa en el 3%, nueve décimas por encima del cálculo publicado en diciembre. Al mismo tiempo, mejora en una décima la previsión de crecimiento del PIB, hasta el 2,3%, aunque advierte de que la resistencia de la economía dependerá de la intensidad y la duración del encarecimiento energético.
La revisión combina dos factores. Por un lado, el organismo ya había detectado una trayectoria económica más dinámica en el primer trimestre, lo que le llevó a elevar antes del estallido bélico su previsión de inflación en seis décimas. Por otro, ha añadido después el efecto del conflicto sobre la energía y su transmisión al resto de la economía. El resultado es un escenario central más incómodo para los precios, pero todavía compatible con un crecimiento relativamente sólido frente a otros socios europeos.
La institución subraya, sin embargo, que este equilibrio es frágil. Si la tensión geopolítica se agrava o se prolonga durante más tiempo, el impacto sobre el IPC podría ser mucho más severo. En el supuesto más extremo contemplado por el supervisor, la inflación llegaría a rozar el 6% durante 2026, un nivel que volvería a alterar de forma clara las decisiones de consumo, ahorro e inversión.
Energía, alimentos y efectos indirectos elevan el IPC
El Banco de España atribuye parte del deterioro inflacionista al encarecimiento de la energía, aunque no solo a ese componente. El aumento de los precios de los alimentos añade una décima al dato general, mientras que los llamados efectos de segunda ronda aportan otras dos décimas a la inflación subyacente. Con esta expresión, el organismo se refiere al traslado del shock energético a otros bienes y servicios, ya que muchas empresas tienden a subir sus tarifas para compensar el aumento de sus costes.
Inicialmente, la institución calculaba que la variación de los precios energéticos añadiría cinco décimas a la inflación. No obstante, sostiene que ese efecto habría quedado completamente neutralizado por el paquete anticrisis aprobado por el Gobierno y convalidado en el Congreso. El director general de Economía, David López Salido, valoró positivamente que las medidas tengan un carácter temporal y sirvan para amortiguar tanto el golpe sobre el PIB como la subida de los precios.
Aun así, el organismo considera que el diseño de ese decreto presenta carencias. Según su análisis, las ayudas no están suficientemente concentradas en los hogares más vulnerables y podrían tener un perfil más redistributivo. Esa observación introduce un matiz relevante en el debate económico: no basta con actuar rápido ante un shock externo, también importa cómo se reparte la protección entre familias y empresas.
Dos escenarios alternativos dibujan un riesgo mayor
Para medir el posible recorrido del conflicto, el Banco de España ha utilizado los mercados de futuros para proyectar cómo podrían evolucionar el petróleo, el gas y la electricidad en los próximos dos años. A partir de esa base construye dos trayectorias alternativas, una adversa y otra severa, diferenciadas por la intensidad del encarecimiento energético, su duración y el daño potencial sobre infraestructuras en los países implicados.
En el escenario adverso, el impacto sería más transitorio y comenzaría a remitir hacia mitad de año. En ese caso, la inflación pasaría del 3% del escenario central al 3,9% en 2026. En el escenario severo, en cambio, el encarecimiento de las materias primas energéticas se prolongaría hasta final de año y elevaría el avance de los precios hasta el 5,9%.
El dato adelantado del IPC de marzo, publicado por el INE en el 3,3%, ya refleja la rapidez con la que la volatilidad energética llega a la cesta de la compra. El supervisor explica que en España esta transmisión es más intensa que en otros países por la mayor flexibilidad tarifaria y por la extensión de los contadores automáticos. Esa sensibilidad lleva también a revisar al alza la previsión de inflación para 2027, hasta el 2,5%, seis décimas más que en diciembre.
El crecimiento resiste, pero con menos margen
En paralelo, el Banco de España mantiene una visión relativamente favorable sobre la actividad, aunque reconoce que la guerra resta impulso a la economía. Su estimación de crecimiento para 2026 mejora una décima y alcanza el 2,3%, sobre todo por la revisión positiva del comportamiento previo al conflicto. Según sus cálculos, la crisis en Oriente Medio habría restado cuatro décimas al avance del PIB, pero el plan del Ejecutivo compensaría tres, de modo que el impacto final sería de una sola décima.
Ese diagnóstico cambia si la perturbación energética se vuelve más persistente. En el escenario adverso, la economía española crecería un 2,2% este año. En el severo, el avance se moderaría hasta el 1,9%. La prolongación del shock también afectaría a 2027. En el cuadro central, el PIB aumentaría un 1,7%, pero ese ritmo podría reducirse al 1,5% o incluso al 1,1% si la tensión en Oriente Medio se mantuviera hasta finales de año.
La fotografía que deja el informe es clara. España conserva capacidad de crecimiento, pero entra en una fase en la que la evolución de la energía vuelve a convertirse en la variable decisiva. La inflación sube con más fuerza de la prevista, el PIB aguanta por ahora y la política pública contiene parte del daño. Aun así, el margen de seguridad se estrecha, y cualquier prolongación del conflicto puede alterar con rapidez el escenario macroeconómico dibujado por el banco central.

