Se cumple un año desde el llamado Liberation Day, la jornada en la que Donald Trump presentó el nuevo mapa arancelario con el que pretendía corregir el histórico desequilibrio comercial de Estados Unidos. Aquel anuncio marcó el arranque formal de una nueva ofensiva proteccionista que, doce meses después, sigue definiendo la política comercial estadounidense y condicionando la relación de Washington con sus principales socios económicos.
El balance, al menos sobre el papel, ofrece a la Casa Blanca un argumento a favor de su estrategia. Entre abril de 2025 y enero de 2026, el déficit comercial de Estados Unidos se redujo un 9%, al pasar de 60.084 millones de dólares a 54.555 millones, según los datos citados de la Reserva Federal de St. Louis. Sin embargo, la corrección del saldo no ha ido acompañada de una transformación profunda del comercio bilateral, lo que abre dudas sobre el verdadero alcance económico de la política arancelaria.
Ese contraste resume bien lo ocurrido en este primer año. Trump logró elevar de forma drástica la presión comercial sobre el resto del mundo y alteró las expectativas de empresas, gobiernos y mercados. Pero el efecto real sobre los flujos de intercambio ha sido mucho más limitado de lo que su agresividad inicial sugería.
De una tasa del 3% a un salto histórico
Cuando Trump arrancó su segundo mandato en enero, la tasa arancelaria efectiva de Estados Unidos estaba en torno al 3%. Apenas unos meses después, tras las medidas anunciadas en abril de 2025, esa cifra se multiplicó hasta acercarse al 20%. Según la OCDE, el tipo efectivo llegó al 19,5%, un nivel que solo encuentra un precedente comparable en el periodo de 1930 a 1934, durante la etapa marcada por la ley Smoot-Hawley en plena Gran Depresión.
En aquel Liberation Day, Trump habría lanzado un arancel universal del 10% sobre casi todas las mercancías que entraban en el país. A partir de ahí, la estrategia se volvió más agresiva y selectiva, con aranceles recíprocos aplicados país por país. Para sostener esa arquitectura, la administración recurrió a poderes de emergencia amparados en la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional, con tarifas que oscilaban entre el 0% y el 50% según el desequilibrio comercial de cada socio con Estados Unidos.
El resultado fue un giro de gran magnitud en muy poco tiempo. Lo que empezó como una amenaza política se transformó en uno de los regímenes arancelarios más duros vistos en décadas en la economía estadounidense.
Negociación, treguas y marcha atrás parcial
La ofensiva inicial no se mantuvo intacta durante todo el año. A medida que avanzaron las conversaciones con distintos socios comerciales, la política arancelaria fue entrando en una fase de ajustes, excepciones y rectificaciones parciales. En mayo, el tipo efectivo se situó en torno al 15%, mientras Washington trataba de cerrar acuerdos con otros bloques y grandes economías.
Durante el verano se abrió una etapa de diplomacia arancelaria. La presión de los mercados sobre Trump fue intensa y surgió incluso el acrónimo TACO, Trump Always Chickens Out, para describir la percepción de que el presidente retrocedía cuando el coste financiero de sus amenazas se volvía demasiado alto. En ese contexto, los aranceles recíprocos superiores al 10% quedaron suspendidos temporalmente mientras se negociaban pactos con la Unión Europea, Reino Unido, Japón e India, además de una tregua con China en mayo. Esa relajación llevó la tasa efectiva al 11,2%.
Más adelante, nuevas exenciones para sectores sensibles como la informática o la alimentación redujeron aún más la carga efectiva, hasta el 10,7%. Y una sentencia del Tribunal Supremo anuló el 75% de los aranceles aplicados bajo la IEEPA, lo que obligó a Trump a recurrir a la Ley de Comercio de 1974 para reinstaurar durante 150 días un arancel universal del 10%, situando la tasa en torno al 9,5%.
El comercio cambió menos de lo esperado
Pese al ruido político y a la contundencia de los anuncios, el comercio bilateral de Estados Unidos mostró en 2025 una resistencia mayor de la prevista. Un informe del Peterson Institute for International Economics destaca precisamente lo sorprendente de la falta de cambios relevantes. Aunque el intercambio bilateral con 19 socios aumentó en 161.800 millones de dólares, ese crecimiento fue de solo el 3,6%, claramente por debajo del 6,3% que avanzó el comercio mundial.
Uno de los datos más reveladores es que la fuerte caída del comercio entre Estados Unidos y China apenas se tradujo en un gran vuelco hacia otros socios. Parte de la cuota perdida por China se desvió hacia países del sudeste asiático, pero sin alterar de forma drástica el conjunto del mapa comercial. Los expertos atribuyen esa relativa estabilidad a un factor clave: muchas empresas adelantaron exportaciones a Estados Unidos en los primeros meses de 2025 para protegerse frente a la amenaza arancelaria.
A ello se sumó otro rasgo constante del año: los vaivenes de Trump. Sus anuncios fueron suspendidos en varias ocasiones y la implementación de los nuevos aranceles resultó a menudo lenta o incompleta. Esa combinación redujo parte del impacto que inicialmente se esperaba sobre los flujos comerciales.
El verdadero examen puede llegar en 2026
La gran incógnita es si la relativa estabilidad observada en 2025 podrá mantenerse. Los analistas del PIIE advierten de que esa calma puede romperse en 2026 si Trump decide lanzar una nueva ronda de aranceles de gran alcance, algo que sigue insinuando con frecuencia. Hasta ahora, la guerra con Irán ha desplazado temporalmente ese frente, pero no ha eliminado el riesgo de un nuevo endurecimiento.
Ese escenario sería especialmente delicado porque la economía mundial ya se mueve en un entorno más frágil, con tensiones geopolíticas, energía más cara y cadenas de suministro todavía sensibles a cualquier sobresalto. En ese contexto, un nuevo salto arancelario podría tener efectos más visibles que los observados hasta ahora.
Un año después del Liberation Day, la guerra comercial de Trump ha logrado reducir parcialmente el déficit y elevar la presión sobre los socios de Estados Unidos. Pero también ha demostrado que los aranceles, por sí solos, no transforman de inmediato el comercio global. El siguiente capítulo dependerá menos de los anuncios ya conocidos que de si la Casa Blanca decide reabrir con fuerza un frente que, por ahora, sigue vivo aunque en pausa relativa.

