Kristalina Georgieva ha lanzado una de las advertencias más severas que se le recuerdan desde la pandemia. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional ha dejado claro que la guerra en Oriente Próximo, aunque hoy se encuentre en una pausa temporal, ya ha alterado de forma profunda las perspectivas de la economía mundial. Su mensaje no ha dejado lugar a dudas: incluso en el escenario más favorable, el crecimiento global será más débil y la recuperación estará lejos de parecerse a un regreso limpio a la situación anterior.
El diagnóstico del FMI parte de una idea sencilla pero inquietante. La destrucción de infraestructuras energéticas, las disrupciones del suministro y el deterioro de la confianza no desaparecen en cuanto se firma una tregua. Aunque el alto el fuego de dos semanas resistiera y acabara desembocando en una paz más estable, el daño económico ya está hecho y dejará secuelas durante años.
Georgieva ha insistido en que la gran incógnita sigue siendo el estrecho de Ormuz. Nadie sabe con certeza cómo evolucionará el tránsito por esta arteria esencial para el petróleo y el gas mundial. Lo que sí da por seguro es que la economía global crecerá menos, incluso en la hipótesis más optimista.
La guerra ha reabierto el riesgo inflacionario
La directora gerente del FMI ha descrito el conflicto como un shock de oferta de alcance global y efectos desiguales. El cierre del estrecho de Ormuz por parte del régimen iraní tras los bombardeos sobre Teherán volvió a demostrar una regla clásica de la economía: cuando se interrumpe el suministro energético, los precios suben con rapidez y el golpe se extiende mucho más allá de la región afectada.
En ese contexto, Georgieva ha pedido evitar respuestas improvisadas o nacionales que agraven todavía más el problema. A su juicio, reaccionar de forma unilateral ante la crisis energética sería como alimentar el incendio con más combustible. Su recomendación ha sido de prudencia: observar primero, medir el alcance del daño y no tomar decisiones precipitadas que terminen empeorando una situación ya de por sí frágil.
También ha enviado un mensaje claro a los bancos centrales. Si las expectativas de inflación empiezan a repuntar, deberán actuar con subidas de tipos. Por ahora, ha subrayado, ese deterioro aún no se ha producido, y precisamente por eso considera esencial proteger esa estabilidad de expectativas antes de que se rompa.
Incluso el mejor escenario será lento
Georgieva ha avanzado que el FMI presentará tres escenarios distintos en su próximo informe de Perspectivas Económicas Mundiales, todos ellos condicionados por dos variables centrales: si el alto el fuego se mantiene y si la paz resultante logra ser duradera. Pero incluso dentro del escenario más benigno, el retorno a la normalidad será lento y costoso.
Para ilustrarlo, ha recurrido al ejemplo del complejo industrial de Ras Laffan, en Qatar, una instalación decisiva para el procesamiento del gas natural del golfo Pérsico. Tras los ataques sufridos durante el conflicto, la recuperación plena de su capacidad podría tardar entre tres y cinco años. Esto significa que el impacto energético no será un simple sobresalto de unas semanas, sino una presión prolongada sobre los precios y sobre la actividad económica.
Esa es la clave del mensaje del FMI: la paz, si llega, no borrará automáticamente las consecuencias del daño material acumulado. El mercado energético seguirá tensionado durante mucho tiempo y esa tensión se trasladará al crecimiento, a la inflación y a las finanzas públicas.
El FMI pide ayudas limitadas y disciplina fiscal
En relación con las medidas aprobadas por distintos gobiernos para aliviar la subida del combustible, Georgieva ha sido tajante. El apoyo fiscal, en su opinión, debe ser temporal, selectivo y muy bien dirigido. Después de la pandemia, muchos países ya no cuentan con margen presupuestario suficiente para responder a nuevas crisis con grandes paquetes de gasto.
Por eso ha advertido contra la tentación de recurrir a estímulos financiados con déficit de manera generalizada. A su juicio, hacerlo obligaría a la política monetaria a soportar una carga mayor y generaría una contradicción peligrosa entre gobiernos y bancos centrales. La imagen que ha elegido para describir ese error es muy gráfica: conducir con un pie en el acelerador y el otro en el freno.
El FMI defiende, por tanto, una línea de prudencia. Los recursos fiscales son limitados y deben utilizarse con responsabilidad, especialmente en una coyuntura donde los Estados arrastran todavía las secuelas del enorme esfuerzo realizado durante los años posteriores a la pandemia.
La IA también entra en la ecuación
Georgieva ha ampliado el foco más allá del petróleo y del gas para señalar otro riesgo que empieza a ganar peso: el de una posible corrección en torno a la inteligencia artificial. Ha recordado que una parte creciente de la inversión mundial se está dirigiendo hacia el desarrollo de esta tecnología, lo que ha impulsado la actividad en muchos sectores. Pero ese flujo masivo de capital también encierra vulnerabilidades.
Si los inversores comenzaran a dudar de la sostenibilidad energética del auge de la IA, debido a sus enormes necesidades de consumo eléctrico, podría abrirse un nuevo frente de inestabilidad. La advertencia no es menor. Sugiere que el shock energético provocado por la guerra no solo afecta al crecimiento tradicional, sino también a una de las grandes narrativas de expansión tecnológica del momento.
En paralelo, la directora gerente ha puesto el foco en los países más frágiles, en especial los importadores de petróleo del África subsahariana y las pequeñas naciones insulares. Son economías especialmente vulnerables porque dependen del crudo para sostener su sistema energético y cuentan con menos margen para absorber un encarecimiento prolongado.
El FMI se prepara para asistir a países en apuros
Georgieva ha dejado entrever que el organismo tendrá que intervenir con más intensidad de la prevista si la crisis del golfo Pérsico continúa afectando a la balanza de pagos de las economías más débiles. Según sus cálculos, la demanda de apoyo financiero a corto plazo podría aumentar hasta un rango de entre 20.000 y 50.000 millones de dólares, con una cifra más baja solo si el alto el fuego se mantiene.
El mensaje final ha sido sombrío, pero también de compromiso. El FMI asume que el mundo entra en un periodo de mayor fragilidad, menor crecimiento y energía más cara durante más tiempo. Frente a ese escenario, promete actuar como red de seguridad para los países que más sufran los efectos colaterales del conflicto.
La intervención de Georgieva, en definitiva, dibuja un mundo que quizá ha evitado el peor desenlace inmediato, pero no una factura económica severa. La guerra puede estar en pausa. Sus consecuencias, no.

